Criar hijos
Por Karen Mejía, Pensilvania, EE.UU.
El Peregrino publica esta nota por ser testimonio de una persona que logra corregir su error.
(Esta es la idea de una madre sobre la crianza de los hijos. Después de escribir me di cuenta de que, quizá, me parezco a otras mujeres para quienes la educación de los hijos es un tema de la madre. Me debo corregir: no mencioné a mi esposo, como si en su tarea no figurara el papel de padre. Además, escribo en singular y no en plural. ¿Será que algunas nos creemos con un deber superior para criar a los hijos? Por eso, aclaro esto: mi visión sobre criar hijos es unilateral. )
La infancia es mágica. Es un tiempo con hallazgos capitales y simples metas que te llenan de agrado. En mi mente esa etapa nunca acabaría. Sin embargo, de pronto me encuentro con tres adolescentes que buscan independencia y espacio. ¡Que sorpresa! Hasta ahora fui capaz de protegerlos, curar sus golpes, calmar sus miedos, guiar sus pasos. Sin darme cuenta estuve creciendo con ellos, aprendiendo de ellos y ellos de mí.
No hay un manual para criar hijos, su conducta me guía para hacer el mejor papel. Entiendo que mi rol de madre cambia al igual que sus necesidades, que ahora requieren diferente cuidado, aunque todavía me necesitan. El hecho de que estén creciendo no significa bajar la guardia. Al contrario, es cambiar las armas para la nueva contienda. [¿Ven cómo pienso la educación como acción de un soldado o gendarme?] Comprendo que los sueños y expectativas que albergo por estas personas aún no maduras, son mis sueños y que tienen los suyos.
¿Cuál es la enseñanza? He aprendido a ser humilde, a darme cuenta de solo puedo hacer lo posible y el resto lo entrego a Dios. Sigo cuidándolos, preocupándome, corrigiéndolos y enséñanosles y, al final, las riendas de sus vidas las llevan ellos. Imploro a Dios darles los instrumentos para que en sus vidas sean exitosas, responsables y felices, que sean hombres y mujeres de bien, que lo amen y sean serviciales con el prójimo y sensibles al mundo.
Estos instrumentos están en sus manos y está de ellos usarlos. He aprendido que aquí soy una guía, consejera, maestra, policía, dándoles cariño, respeto, disciplina. Que este camino es para toda la vida; que la vida sigue andando y trae consigo otras sorpresas. Ser madre implica mucho más que tener hijos: te cambia, te eleva, te atropella; hay que armarse de valor, perseverancia, paciencia y, sobre todo, de abundante amor.
(Al llegar a este punto, revisé lo escrito y me di cuenta de que mi marido no aparecía, de que él y yo no figurábamos como educadores, y que mis criterios y mis sueños eran los únicos. Supongo que mi error es el de muchas madres: hablar de la familia, si bien pensarla como “la madre”. No dije la dificultad de criar a los hijos cuando los padres no tienen equilibrio entre sus opiniones y uno de los dos hace prevalecer la suya. No mencioné la necesidad de la coherencia de la vida de cada padre para que los hijos se vean reflejados como en un espejo. Ni me detuve a señalar el papel de mi esposo para dar una figura masculina a los hijos. Lean esto, y sepan que las mujeres – con respecto a los hijos – nos consideramos (algunas) todopoderosas).