¿QUIÉN TOCÓ MI MANTO?

¿QUIÉN TOCÓ MI MANTO?

LA GRACIA

Jesús fué con (Jairo) y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.

Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.

Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud y tocó su manto, porque pensaba:

«Con sólo tocar su manto quedaré curada».

Inmediatamente cesó la hemorragia y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.

Jesús se dió cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dió vuelta y dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?»

Sus discípulos le dijeron «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quien te ha tocado?»

Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quien había sido.

Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.

Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado, Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».

Marcos 5:24-34

MOTIVACIÓN

Jesús regresa a la orilla de la que parten las barcas, Betsaida, quizás. Es la patria de Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Uno de los jefes de la sinagoga viene a Jesús, que está en medio de una muchedumbre y va con Jairo hacia la casa. La gente está apiñada alrededor suyo, Mezclémonos a ese pueblo sencillo y seamos testigos de lo que pasa. Junto a los discípulos que aunque han presenciado la fuerza de Jesús todavía siguen admirándose.

COMENTARIO

La fama de Jesús crece. La gente lo sigue. Quieren escuchar su palabra y también ver alguno de sus signos. Asimismo un jefe de la sinagoga viene a pedirle que le imponga las manos a su hija enferma. El conjunto se pone en marcha.

Una mujer de abolengo se acerca. Esta muy enferma. Los médicos le han comido sus bienes pero ella esta peor. Pierde sangre continuamente en una época sin transfusiones. No puede mantener su vida social, porque debe estar ocupada en cambiar sus vendas y por cierto olorcillo que molesta a la gente fina. Su vida parece terminada. Le duele el cuerpo. Le resulta insufrible caminar. No puede rezar. Ha perdido la confianza en la medicina. Dios la prueba. Ella ha llegado a la situación limite que casi todos pensamos que nunca pasaremos. Sanarse esta fuera de su poder. Alguien le dijo lo de la suegra de Simón y otros enfermos que Jesús había curado. Todavía esta vivo el recuerdo del paralitico de Cafarnaum que fue bajado por el techo y la curación del leproso, y la del hombre en la sinagoga con la mano paralizada. La mujer enferma no se decidía, porque ella era «impura» para la ley israelita y su situación ademas de dolorosa es humillante. Tiene que aprovechar a la multitud: es su única oportunidad. Y toma la decisión en un monologo: «No es necesario que hable con el Rabbi, si le puedo tocar el manto me sanare. Estoy segura que de El sale una fuerza que basta tocar su capa para curarme». Dicho y hecho. Se acerca a Jesús y con ternura toca su manto, cerrando los ojos y levantando su alma a Dios. Y ocurre el milagro. Ella siente que su cuerpo está nuevo. No hay más pérdidas de sangre. Ahora sus alucinantes años, doce, de enfermedad están terminados. Le brota la risa, la alegría. Se aparta de Jesús como borracha de gozo.

Pero Jesús no es un mago. Su personalidad es sensible a lo que se refiere a él. Alguien con fe en él se ha acercado y ha recibido un don por esa fe. Quiere saber quién es. Se da vuelta y mira a toda la gente a su alrededor. Pregunta a la gente: «¿Quién tocó mi manto?» Porque la mujer con humildad sólo ha tocado su manto movido por la caminata.

Los discípulos no han aprendido aún. Piensan que Jesús está desvariando. «¿Quién toco mi manto? Lo apretujan toda clase de personas y se agolpan junto a El, y todavía pregunta quien lo toco! Jesús no pierde tiempo reprochándoles su incredulidad. Ya llegará el momento para eso. El sigue mirando en torno suyo. Tiene que descubrir quien ha recibido su Gracia, porque la gracia no es anónima. Es fruto de un diálogo. De un «diálogo de salvación». Para Jesús cada persona es digna de amor y no solo de milagros. No quiere una persona «milagrada», sino desea cambiarle la vida. La curación que ha recibido es don de Dios.

La mujer comprende que debe una explicación, que su curación es milagro de Jesús. No se puede guardar el secreto. Está demasiado acostumbrada a las humillaciones que ya no reconoce el verdadero amor. Se arroja a los pies de Jesús. Se detiene la gente. Se sonríe Jesús. Ella tiembla de pies a cabeza. No sabe como reaccionará este Rabbí. Comienza el relato de su situación límite y le pide la salud: ora. Jesús escucha silencioso y comprensivo. Se enternece. Y luego la despide cariñosamente con palabras únicas: «Hija», la llama, porque El la ha hecho nacer de nuevo. «Tu fe te ha salvado», salvado en sentido profundo. «Porque creíste en mi poder, ahora estás curada de ese «azote». Pero más importante que el poder es el amor. Y yo te amo. No tengas miedo. No te asustes. ¡Te devuelvo la paz! Y la mujer de fe quedó curada.

APLICACIÓN A NOSOTROS Y PREGUNTAS DE JESÚS

Esta mujer enferma a los pies de Jesús es como la humanidad ante Dios. Su condición de enferma no la exime de su condición de pecadora. No basta ser curado de la enfermedad. Hay que comenzar un mundo nuevo, hermoso, sin pecado. Nosotros somos alternativamente la mujer avergonzada y los discípulos incrédulos nuestra vergüenza y nuestro fastidio aparecen.

  • ¿Sabes por que no me molesta la multitud?
  • ¿Comprendes que la pedagogía de la fe pasa por un diálogo personal, aunque sea incluso en medio de la muchedumbre?
  • ¿Por qué a ustedes siempre les molesta la gente apiñada?
  • ¿Esta escena representa algo para ti?
  • ¿También tu piensas que los enfermos, los que están en la situación límite son «los otros»?
  • La mujer no es pobre, pero se mezcla entre ellos. Jesús no hace distinciones entre ricos y pobres cuando alguien en la situación límite pide la Gracia. ¿Tu pides la Gracia como una petición meramente racional o con sentimiento y emoción?
  • ¿Dejas que mi pueblo se exprese sensiblemente?
  • ¿Tienes una fe absoluta como la de la mujer de las hemorroides?
  • ¿Amas a mi Pueblo? ¿Te mezclas con el?
  • ¿Eres capaz de aprender del pueblo? ¿Hasta para orar?
  • ¿Tu modelo sacerdotal se asemeja a como yo soy sacerdote? ¿Eres capaz de rechazar al que te pide una oración o una imposición de manos? ¿Tendrías el atrevimiento de negar al bautismo o la catequesis a los hijos de una madre soltera o de padres divorciados o de juntados? ¿Tienes claro que no eres dueño, sino servidor de la Iglesia?

PLEGARIA

Jesús vas apurado junto a un hombre importante a curarle a su hija.

Pero te detienes por la fe de una mujer aplastada por la vida.

Le das tu gracia.

Mírame, Señor, herido por tantos golpes, dolorido por tantas profanaciones, sangrando por tanta mediocridad.

Necesito tu Gracia para sanarme, sobre todo para sanar mi pobre libertad humana.

¿Te diste cuenta, Señor, que mi fe es soberbia?

Por favor, dame la fe humilde que todo lo convierte en amor.

PROPÓSITOS

  1. «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos»
    – Respetar las devociones populares, sobre todo hacia Jesús.
  2. «Yo, que estoy preso en el Señor, los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido: Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor»
    – No enojarse nunca, ni agredir, ni reprochar.
    – No perder el tiempo haciendo comentarios sobre las «estolas».
  3. «Hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal»
    – No permitirse «pequeños asuntos» que arruinan la vida de la Gracia (cine, shows, teatros, TV, fiestas, revistas, impuntualidades, exceso de comida y de sueño, permisos para dejar la oración, el estudio y la caridad!

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