no hay edades para el amor

No hay jubilación para el amor

A una maestra le llegó la jubilación forzada después de muchos años de haberse dedicado con alma y vida a los niños.
Angustiada, fue a ver a una parienta para contarle todo. “Me jubilaron de mi cargo. Me toca una jubilación de mala muerte…. Quedo en pobreza, después de tantos años…”.

 

La prima le dijo bruscamente: “Jorobate… te desvivías por los chicos… ¿Por qué no dedicaste un poco de tiempo a chupar las medias a los de arriba? ¿Por qué no te hiciste amiga de la gente influyente? Ahora no vengas con lamentos…”.

 

Entonces le pasó a la maestra lo que a todo ser humano: tuvo la tentación de arrepentirse de lo que había hecho y le vinieron ganas de rebelarse contra la injusticia.

 

Pero un día, providencialmente, se encontró con una verdadera amiga que se había enterado de su situación. Se saludaron con cariño y la amiga dijo: “Durante mucho tiempo fuiste una maestra modelo. Apreciamos el valor y la serenidad con que enseñaste… ayudaste a los chicos más difíciles que hoy son hombres de bien. Por vos, muchos saben leer con corrección y escribir con altura. Preparaste con ahínco tus clases y hasta tus paseos infantiles… Por favor no te arrepientas de todo lo que hicistes. Ahora comienza para vos el tiempo de seguir enseñando… a nosotros, a los grandes. De dar tus dones en otros campos: la caridad, la enseñanza de la oración, la catequesis…”.
 
Cuando terminó, la jubilada dijo: “Ya entiendo lo que me querés decir… Para el amor no hay jubilación… Sigue la vida hasta el último instante…”

 

Extraído del libro “El amor no hace ruido” de Mons. Dr. Osvaldo Santagada, 1996.

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