Cristo crucificado
Oh Cristo, tú no tienes
la lóbrega mirada de la muerte;
tus ojos no se cierran:
son agua limpia donde puedo verme.
Oh Cristo, tu no puedes
cicatrizar la llaga del costado:
un corazón tras ella
noches y días , me está esperando.
Oh Cristo, tú conoces
la intimidad oculta de mi vida;
tú sabes mis secretos:
te los voy confesando día a día.
Oh Cristo, tú aleteas
con los brazos unidos al madero;
Oh valor que convida
a levantarse puro sobre el suelo!
Oh Cristo, tú sonríes
cuando te hieren sordas las espinas;
si mi cabeza hierve,
haz, Señor, que te mire y te sonría.
Oh Cristo, tú que esperas
mi último beso darte ante la tumba,
también mi joven beso
descansa en ti de la incesante lucha.
Los ojos abiertos. La muerte no ha podido cerrar la visión de Cristo. Su cuerpo crucificado es un espejo que refleja lo que somos. Desde la cruz, Cristo nos mira con el gozo de haber cumplido la misión salvadora que le mandó el Padre y nos invita a las aguas del Bautismo.
El corazón esperando. El corazón traspasado de Cristo es un corazón que vive. En él se ha sellado la nueva Alianza. Tenemos que ratificarla con una respuesta de fe y amor. El corazón de Cristo es un corazón de misericordia. Eso nos devuelve la confianza.
La intimidad conocida. Qué bueno es compartir los secretos del alma! Se necesita solo alguien capaz de guardarlos celosamente. Cristo nos conoce antes de contarle nuestra vida. Es el confesor perfecto, que sana las heridas de nuestra existencia.
La invitación a la valentía. La valentía es aceptar la tarea ardua. Incluye el miedo y el asco ante la dificultad. Al fin, la valentía interior triunfa y somos elevados, como san José María Díaz Sanjurjo en Saigón.
La sonrisa del dolor. La sonrisa no es solo signo de alegría. Es la muestra del dolor aceptado por amor. Así fue y es la sonrisa crucificada de los santos.
El beso antes de la muerte. El poeta no quiere besar a Cristo al final de la existencia, cuando deba encontrarse con El como juez. Prefiere besarlo ahora, porque así recibe un abrazo que le devuelve la fuerza para seguir viviendo como discípulo fiel.